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martes, 21 de octubre de 2014

KANDAHAR



ASIGNATURA:    ELECTIVA HUMANIDADES II
                        CINE Y RELIGIÓN 
                        MUJER & VIOLENCIA
AREA:               GENERAL                  
PELÍCULA:        KANDAHAR
CONCEPTO:      EL BURKA
Dirección, guión y montaje: Mohsen Makhmalbaf.
País: Irán.
Año: 2001.
Duración: 85 min.
Interpretación: Niloufar Pazira (Nafas), Hassan Tantai (Tabib Sahid), Sadou
Teymouri (Khak).
Música: Mohamad Reza Darvishi.
Fotografía: Ebrahim Ghafouri.
Dirección de producción: Syamak Alagheband.
SINOPSIS
Basada sobre la historia de Niloufar Pazira (quién también participa en esta película), Nafas, una joven periodista escapa de Afganistán a Canadá, regresa a su país natal para evitar la muerte de su hermana, quien le dice en una carta que su vida no tiene sentido y que se suicidará en el próximo e inminente eclipse. La película relata sus dificultades para entrar en el Afganistán dominado por el régimen talibán, lo que conseguirá haciéndose pasar por la esposa de un afgano. Asimismo, la cinta recoge sus avatares dentro del país junto a un niño que le sirve de guía y un supuesto médico americano que comparte su tristeza ante la situación en que vive la población afgana. Durante el viaje, Nafas es testigo del trato que reciben las mujeres en el régimen talibán, ocultas obligatoriamente bajo el burka, de la situación penosa de la sanidad, de las consecuencias de la guerra continuada en forma de frecuentes mutilaciones a causa las minas, del papel de la ayuda internacional y de la pobreza y ansia de supervivencia de la población civil. El desenlace será del todo inesperado.
BAJO CADA BURKA HAY UN SER HUMANO QUE SE AHOGA
Por; Paloma Romera de Landa
El nombre de esta mujer que viaja desde Canadá a Kanda­har en busca de su hermana resume la historia de es­te pueblo. Nafas significa respirar, pe­ro co­mo dice Makh­mal­baf, “bajo cada burka hay un ser humano que se ahoga”. Esa es la denuncia de este documento de viaje. Es la lucha de este personaje, basado en la vida real de una afgana que quiso romper con la sumisión. 
Por eso, los planos de composición impecable y el tratamiento precioso del color son telón de fondo de una historia que merece el cien por cien de la atención. Las can­ciones susurradas, las oraciones a gritos, las imágenes casi surrealistas y la voz de Nafas nos conducen a un final abierto pero aterrador. Aterra­dor por la falta de entendimiento, de confianza, de respeto; por el exceso de armas, de imposición, de impersonalidad.
A Makhamalbaf, y a cualquiera con un mínimo de sentido común, le deben chirriar los oídos al oír burradas como “daños colaterales”, eufemismo hipócrita de muertes sin sentido. Kandahar llama a las cosas por su nombre, haciéndonos llegar las dos caras de una cultura sin agua y sin respiración.
EL BURKA
La aplicación del  hiyab,  código de vestimenta femenina islámica que establece que debe cubrirse la mayor parte del cuerpo y que en la práctica se manifiesta con distintos tipos de prendas, el burka o cárcel de tela, el cual cubre el cuerpo y la cara por completo, es una de ellas, también hay un tipo de velo que se ata a la cabeza, sobre un cobertor de cabeza y que cubre la cara a excepción de una raja en los ojos para que la mujer pueda ver a través de ella.
Bajo el ala de la cultura afgana, se esconden las entidades de miles de mujeres sometidas a una de las más crueles de las cárceles: las de tela. Una decisión tomada entre los años 1901 y 1919 durante el reinado de Habibulla señala el comienzo de una moda que arrastra bajo su velo un siglo de atrocidades.
Desde que en 1992 los fundamentalistas llegaron al poder y entrenaron a los talibanes, quienes mandan en Afganistán desde 1996, las mujeres deben utilizar obligatoriamente el burka. Estos sostienen que el velo les garantiza el control sobre sus cuerpos.
 A partir de las imposiciones del régimen ultrarradical y fundamentalista talibán se negó la libertad de cantar, bailar, tocar música, practicar deportes e incluso volar cometas -pasatiempo nacional afgano. Asimismo, las mujeres tienen terminantemente prohibido pasear solas por las calles –solo lo pueden hacer bajo la compañía de sus maridos- , trabajar, estudiar e incluso recibir asistencia médica, salvo en precarios hospitales sin agua, electricidad ni quirófanos.
Producir daño a la mujer, deformarla quitarle o taparle su belleza con burkas, hiyabs el hombre impone su poder a través de la religión, en forma de patriarcado. La estructura del poder siempre “implica la existencia de un arriba y un abajo, reales y simbólicos, que adoptan habitualmente la forma de roles complementarios” [Corsi “Una mirada abarcativa sobre el problema de la violencia familiar”, p 23 citado por Dr. Miguel Ángel Nuñez; en: “Interpretación patriarcal de la biblia y violencia contra la mujer: Relaciones, coincidencias e incidencias”.]
La infibulación y ablación del clítoris, la religión islámica amputa no solamente el poder que brinda el placer de la mujer por considerarla centro de tentación al hombre, sino que castra también simbólicamente al hombre de gozar el gozo del placer de la mujer, ¡Qué paradoja!. Tras la castración se esconden actos o conductas violentas preventivas, frente a las prescripciones morales impuestas por el Corán no existe en este castigo preventivo una confianza que permita al individuo, en este caso la mujer, cómo debe constituirse como un sujeto moral de sus propios actos y así, la mujer sostiene todo el peso de la moral islámica y para que se cumpla debe ser castrada para evitar la tentación.

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